Arriesgarse
y comerse el mundo;
o la cabeza.
Darte cuenta
de que el silencio
dura
más que un segundo
y menos que una vida.
Que tus pasos
marcan el rumbo
de tu huida,
y tal vez,
algún día,
los rehagas
para encontrarte
con esa vieja herida.
Tú decides
si seguir de pie
o de rodillas
(rezando para que todo sea mentira).
Pero
sólo tú
tienes el botón
para continuar la partida.